¿Qué harías si no tuvieras miedo? Pregunta esencial en cualquier charla motivacional, manejando este factor como el principal componente para detener a las personas de realizar actividades que llevarían su vida al límite de la felicidad, el desarrollo y el éxito. Yes que está pregunta pareciera sencilla de contestar: ¿Si no tuviera miedo, qué harías? Para alguien que le tiene miedo a las alturas, muy probablemente sería tirarse del Bunge, o alguien que tiene miedo de manejar, tal vez sería comprarse un carro y comenzaría a transitar por los avenidas concurridas de automovilistas, que en el maravilloso mundo de las posibilidades pudieran estarse haciendo la misma pregunta: ¿Qué haría si no tuviera miedo?
¿Quiénes tienen miedo?
¿Una bacteria tiene miedo? ¿Una planta tiene miedo? ¿Un insecto?
Científicos que investigan emociones en insectos comprobaron que las moscas responden de forma defensiva a siluetas de depredadores. Las moscas tienen un sistema nervioso muy simple y evolutivamente se encuentran muy separados del homo sapiens, aun así necesitan el miedo.
Que sentimiento tan maravilloso es el terror verdadero. Imagina ese miedo incontrolable; pero comprensible… asimilable. No hablo de la sola angustia de correr peligro; pues ésta es demasiado fugaz para saborearse. Tampoco me refiero a esa preocupación por una incertidumbre incontrolada o un egoísta e infantil estrés.
El verdadero espanto al que me refiero es ese que parece invisible al tiempo que corroe el alma y aplasta el corazón.
En un instante el miedo me conquistó. Sin tratar de investigar demasiado, mis zancadas fueron más rápidas que un parpadeo. No quería mirar atrás, pues sentía que eso sería la diferencia entre la vida o... no sé qué.
Al posarme su pecho todo es tranquilidad. Ni siquiera el repetitivo y adormecedor sonido del abanico de la alcoba parece incidir en mí. Las sirenas al exterior se sienten lejanas, casi ficticias. La oscuridad me acoge cual sábana en una noche de frío y humedad.
Su respiración es calmada y profunda. Me mueve al mismo ritmo al que siento se mueve el Universo. Observar sus ojos cerrados me alivia. Dejo de pensar. Todo se detiene, incluso mis ideas y emociones. Comienzo a caer dormido, a descansar, a dejar este mundo aunque sea por un instante.
Dormir es jugar a morir.
El despertador sonó tres veces… lo sé bien por que cada una de ellas resonó en mi cabeza como un pájaro carpintero buscando alimento. Mis ojos estaban abiertos, cansados; pero abiertos. Una noche más sin conciliar el sueño. Cuando pasas un par de noches sin poder dormir comienzas a pensar cosas raras, comienzas a ver todo un poco más distinto. Gran parte de esta noche en particular la pasé contemplando el ronroneo que emite el trasformador de alta tensión a pocos metros de mi ventana, imaginando la energía fluir por los cables sonrientes y tan comunes de la ciudad; imaginando también con cierto morbo, el jugoso tumor cancerígeno que debe estar cocinándose en algún rincón de mi cerebro gracias a él.
La imagen toda tenía un tono amarillento y terroso. El sudor se podía sentir en las rocas y en la piel. El calor era brutal. Ahí, en la cima de esa opaca montaña se encontraban sentados los dos, cansados; pero eufóricos. Casi como si una orquestra estuviera aun tocando melodías de guerra tras de ellos. De esa altura se podía observar un río que cruzaba de norte a sur a través de un valle con tonos similares y pequeños árboles que recubrían lo que de otra forma sería una vía color ocre.
Detrás de ellos había una complejidad de circunstancias abrumadora. El pavor de una guerra de ideales vacíos los había orillado a viajar, a escapar, a matar y a morir –al menos por dentro-.
Por azares del destino llegamos a Guadalajara el día después de que grupos criminales casi incendian el estado de Jalisco.
A las dos de la madrugada, llamaron a nuestra habitación.
–¡No abras! –me dijo Fabiola con un sobresalto. Me puse de pie y caminé tambaleante entre la oscuridad, palpando la pared hasta dar con el interruptor. Encendí la luz, me tallé los ojos y me acerqué a la puerta.
El sol ya comenzaba a ocultarse, eran casi las 6 de la tarde. A esa hora Don Cuco regresó de un paseo al Pueblo Fantasma y a esa hora se animaron a bajar al desierto.
Eran un grupo de cuatro, tres eran amigos del trabajo. Claudia y Alex eran novios. Motoi era una chica de Japón que estaba en el país por unos meses. La conocieron en un bar la noche anterior. Estaba en México haciendo una investigación relacionada con la industria automotriz. Fernando ya había estado en Real antes. A todo mundo le platicaba su experiencia con Hikuri, como lo llaman los huicholes.
Yo no sé en qué creo, ni dónde tengo puesta mi fe. Bueno, con certeza puedo decir que creo en la duda. Creo en ella como derecho, y la ejerzo como al amor: todos los días.
En sus primeros días hubo sol y luna; el sabor de los melocotones dilatando sus papilas gustativas contra la cremosidad de la leche bronca; los aullidos de los coyotes y el abrazo de su madre. ¿En qué podrían creer los infantes cuando nacen? El mundo que nos rodea es un embudo de percepciones corpóreas e incorpóreas que presentan ante nosotros, y así, ante los infantes, una imagen no más ni menos real que la del resto de las personas que cohabitan el planeta Tierra. La realidad, en su definición más ontológica, es absolutamente equitativa, y por lo tanto el mundo que cada uno observamos es solamente una muestra de las muchas caras que el universo infinito nos ofrece.
María había viajado en 2011 a la ciudad de cristal. Los sueños eran muchos. Ella buscaba el amor, el éxito profesional y a la vez huir de las pesadillas que la rodeaban en casa. María estaba decidida que cualquier cosa sería posible, el cielo era el límite.
Contrario a mucha gente de su edad, María no tenía miedo de no casarse. Ella tampoco tenía miedo de no tener hijos ni de envejecer sola. El mayor miedo de María era el caos. Ante esto, María había planeado con anticipación cada cosa que quería realizar en la ciudad de cristal. Mientras su lista siguiera el orden que esperaba, María se sentiría feliz y segura. Escribió y editó una y otra vez su lista de propósitos, los leyó varias veces y reflexionó sobre la manera en que cada uno de ellos se pudiera cumplir.
Los tiempos cambian y lo hacen cada vez de forma más rápida. Ese dinamismo, apreciado en el ámbito tecnológico como algo positivo, ha ido dejando huecos importantes sobre la comprensión de nuestra realidad. Se podría decir que la velocidad del cambio es mucho mayor que nuestra capacidad de re-interpretar nuestra realidad como sujetos, cayendo en una especie de desfase; en una suerte de retraso conceptual.
Lo anterior complejiza de forma importante el debate público, que ahora también se lleva a cabo en los híper-textos del plano alternativo de las “redes sociales”.
La problemática resulta evidente, dentro y fuera de las redes. La cantidad de información es abrumadora, pero la calidad del debate es bastante pobre. ¿A qué se debe esto? ¿Qué consecuencias tiene? ¿Qué se puede hacer para solucionarlo?
Abro los ojos lentamente, el gorjeo de una paloma me ha devuelto a la realidad. Vaya, como deseo una larga ducha y una suave cama. Si ¡si! larga ducha, suave cama. Me incorporo y camino lentamente a la fuente de agua, una cascada de miradas cae sobre mí. Imagino el cúmulo de sensaciones que he de provocar en ellos: aversión, temor; qué más da, son ellos los que están seguros de todo en un mundo de dudas. El agua fría recorre mi rostro lentamente, la liberación repentina de calor me produce placer. Yo, que he tenido sexo ya más veces de las que podría recordar, he devorado platillos hechos con el amor de una madre y he leído mentes cansadas y brillantes; puedo confiar, con la certeza de la que soy capaz de permitirme, que todo se reduce a eso: un instante fugaz de placer puro.
En muchas ocasiones he querido tocar el tema de la relación, generalmente conflictiva, que tiene la ciencia y las cuestiones religiosas en la interpretación cotidiana de las cosas. Ese conflicto siempre me ha parecido problemático y un tanto absurdo. Me gustaría pensar que la gente entra en debates de este estilo por una mera necedad humana de generar discordias inútiles; sin embargo sé que no es así.
El fanatismo y dogmatismo religioso es sin duda detestable. Incluso si dejamos cuestiones morales de lado, me parece de mala educación y un atentado general del comportamiento el profesar una adhesión absoluta y sin lugar a cuestionamientos de cualquier sistema de creencias. Y aunque no justifico este nivel de deshonestidad intelectual, si puedo llegar a comprenderlo, especialmente en el ámbito espiritual.
Dicho sea esto, el ateísmo militante me parece igual de estúpido y molesto que cualquier idea misionera de transformación y conversión religiosa presente normalmente en las concepciones teístas del mundo. Lo que me parece aún más irritante de esa epidemia de ateos misioneros es ese disfraz que visten de “escépticos científicos” como justificación de sus dogmas y su actitud de inadmisibilidad a cualquier argumento que pudiera poner en duda su conjunto de “no-creencias”.
Podemos incluso penetrar el error de un ser, desvelarle la inanidad de sus designios y de sus empresas; pero, ¿cómo arrancarle a su encarnizado apego al tiempo, cuando esconde un fanatismo tan inveterado como sus instintos, tan antiguo como sus prejuicios? Llevamos en nosotros, como un tesoro irrecusable un fárrago de creencias y de certezas indignas. Incluso quien llega a desembarazarse de ellas y a vencerlas permanece, en el desierto de su lucidez, todavía fanático: de sí mismo, de su propia existencia; ha humillado todas sus obsesiones, salvo el terreno en el que afloran; ha perdido todos sus puntos fijos, salvo la fijeza de la que provienen.
Hay una tristeza que sólo las farolas después de la media noche pueden expresar. Iluminan el camino de los solitarios sin rumbo, los mendigos, las putas que no encontraron jale, y los borrachos que tienen más penas que cosas que celebrar. Entonces cuando la gente dice que tú eres luz, yo sé, porque te conozco a fondo y más que la cara agradable que tienes con todos, que no eres la luz del sol, cobija de los pobres, sino de las farolas.
El día que tocaron a mi puerta diciéndome lo que había sucedido no puedo decir que estaba sorprendido.
Hay cosas en las que no creo. No por convicción, sino solamente porque no las he vivido. Generalmente son cosas que no se pueden ver y que no tienen por qué verse. Un fantasma, por ejemplo, se siente y a veces se ve. A un fantasma se le teme o se le ama. Se huye de él o se le invita a jugar. Yo creo en los fantasmas. Creo que existen sin saberlo, que habitan nuestros sueños y que son los que nos hacen sentir intranquilos y ansiosos a pesar de que todo lo que nos rodea esta diseñado para adormecer ese sentimiento.
No creo, sin embargo, en los demonios. A diferencia de los fantasmas, los demonios no se ven. El abrumador terror de un demonio se siente y yo nunca lo he sentido. He sentido que mi alma (otro fantasma más) se cae hasta el suelo. He sentido la inmensidad de un Universo repleto de espacios vacíos. He sentido la falsedad de la ilusión del tiempo. He sentido la contracción de mi mente cuando pienso en el infinito. He sentido la parálisis que provoca el pensar en la muerte. Pero nunca… jamás he sentido miedo verdadero. Solo he sentido fantasmas, pero jamás he mirado a un demonio a los ojos.
La vida de Meursault, el perro, es un ciclo interminable de eventos conocidos que —aparentemente— convergen entre lo asombroso y lo divertido. Este supuesto nace del método de observación científica, con el cual describimos y explicamos comportamientos, con la obtención de datos fiables correspondientes a conductas, eventos, y/o situaciones, insertadas en contextos teóricos.
Es así que comienza su historia.
No sé porque me preguntó la hora. Estoy seguro que eso no le importaba. En estos tiempos todo mundo puede abrir su celular y ver rápidamente que hora es. Sin embargo, se aproximó; y con un extraño tono que mezclaba de forma natural la timidez con la seguridad de quien sabe que su pregunta es absurda pero necesaria, preguntó la hora.
Yo por mi parte se la dije.
¿De qué hablamos cuando nos dirigimos a los dioses? Cuando observamos hacia arriba o hacia dentro lo hacemos por temor. Tememos al tiempo, a la muerte y al silencio. Dentro de aquel miedo, en nuestras profundidades, encontramos el tedio.
El aburrimiento, en toda su banalidad, antecede a todos nuestros temores, desesperaciones y angustias. Se eleva como una niebla tenue que incomoda, pero no preocupa. Como un mal menor en una realidad de frenetismo, locura y violencia. Se le ignora, se le escapa y; ante todo, se le niega.

Los vellos de mis brazos se erizan y mi piel cambia de textura; al mismo tiempo mis ojos empiezan a arder en sus comisuras como si se tratara de algún cítrico. Probablemente aguantar el llanto es más amargo que una mordida ancha a un pomelo viejo. Pero cada llanto es diferente, este no es el de leer un poema de Hughes o Rumi, es el llanto de una verdad innegable, penetrante, e injusta; porque humano y sufrimiento son inherentes, y aceptarlo me aterra.
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